La goleada al Mónaco le dio a Arbeloa la primera noche verdaderamente plácida en el banquillo del Real Madrid. El técnico se mostró exultante con el partido y, sobre todo, con la versión de Vinícius: “cuando está feliz es el más desequilibrante, le necesitamos”. El abrazo del brasileño tras el gol lo vendió como “el abrazo de todo el madridismo” y como símbolo de reconciliación entre jugador, Bernabéu y vestuario. El estadio, en general entregado, fue la otra gran coartada del discurso.
En la rueda de prensa, Arbeloa tiró de manual madridista: “el Madrid siempre es favorito a todo”, elogios al esfuerzo de Fede, Camavinga y los delanteros, y un mensaje muy emocional sobre lo que “es” el club: pasión, carácter, afición, esfuerzo. El problema es que entre tanta épica hubo poca autocrítica y cero profundidad táctica. Se insiste en que “las medallas son para los jugadores y el público”, pero se pasa de puntillas por las dudas recientes del equipo y por la montaña rusa que ha llevado al Bernabéu a pitar hace apenas unos días al mismo Vinícius al que ahora se abraza.
El triunfo y la imagen ante el Mónaco son innegables, pero la lectura crítica es clara: una gran noche no arregla una temporada irregular. Arbeloa necesita algo más que gestos, abrazos y referencias a Zidane para consolidarse. El calendario aprieta —“tenemos una salida complicada ante el Villarreal”— y, si el equipo no mantiene este nivel de juego y compromiso, el relato de la reconciliación durará lo que tarde en llegar el próximo tropiezo. La Champions admite noches brillantes; LaLiga exige continuidad. Ahí estará su verdadero examen.
